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Lo que pienso y nunca digo » El paseo
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El paseo

Aquella mujer caminaba, alejada de la realidad, pensando que podría hacer, a donde podía ir. Aquel día había amanecido demasiado pronto para ella, y era largo el camino que le esperaba. Decidió llamarle, quizás él sabría que hacer.

La noticia de la noche anterior le había dejado demasiado hundida, necesitaba decir en voz alta todo aquello. Cogió el teléfono y marco el número que siempre la había socorrido. Dos tonos. “Hola, ¿qué tal?”, “Necesito hablar, ¿podemos quedar?”,”Claro, ¿dime hora y lugar, y allí estaré?”,”¿En una hora en aquel pequeño bar, el que está al lado de la tienda de cuadros?”,”Perfecto, pues ahora nos vemos.”.

Tenía tiempo de sobra, así que decidió dar un paseo, quizás el tiempo pasará más deprisa si aquel escenario gris se movía más deprisa, si aquellos transeúntes desaparecían para dejar paso a otros. Bajo aquella angosta calle para llegar a una gran plaza. Era increíble como cambian los escenarios a medida que cambian nuestros sentimientos. Había tanta gente allí… pero se sentía sola, nadie la rodeaba, nadie la miraba. Ni los pájaros estaban en aquellos árboles, solo ella y aquella inmensa plaza. Lentamente avanzo por ella, a la vez que recordaba la escenas que habían acontecido en aquel lugar, las veces que había pasado por allí con una sonrisa en los labios. Siguió por la calle de enfrente. Allí estaba las tiendas donde siempre se paraba a mirar, aunque hoy paso de largo. Si la vida no tenía sentido, de que servía el resto. Cuando se quiso dar cuenta, estaba ante esa inmensa construcción, levantada hace siglos, erigiéndose ante ella, mostrándole su grandeza, diciéndola que a pesar del tiempo, de las guerras, de las idas y venidas ella seguía allí, enorgulleciéndose de su esplendor, “Si yo sigo aquí, tu también puedes”. Aquel sitio siempre le había dado fuerzas, siempre había conseguido hacerla sentir mejor.

Debía volver, se hacía tarde. Volvió sobre sus pasos, ando sin prisa, mirando al suelo, pensando como era posible que la vida fuera a veces tan generosa y otras tan cruel. A lo lejos pudo divisarle, de pie, en la puerta del café. La esperaba con esa pose tan característica, tan típica de él. “Hola, gracias por venir. Te parece que entremos”, “Hola, de nada, tu tranquila, estoy para lo que necesites. Sí, vamos.”. Entraron y se sentaron en la mesa de la esquina, la más cercana a la pequeña estufa. “Dos caffè latte, por favor”.

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